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¡Pero qué chitrula que soy!
Mientras me seco las lágrimas
doy vuelta el vaso de quianti
sobre la pollera descosida
y las medias con el punto corrido.
«Mozo, sirva otra copa».
«De nuevo has tomado»,
decías cuando volvías por la noche
y me encontrabas en curda.
Te sonreía, pero vos dabas un portazo
y yo me quedaba congelada en la cama.
Así, mirando el despertador
y contando minutos y segundos,
poco a poco me dormía.
Cuando volvías por la mañana borracho
llenaba toda la casa un olor
que la hacía parecer un tonel de vino.
Una mañanita el cartero gritó desde el jardín:
«¿Se quieren despertar?
Tarde o temprano las cuentas hay que pagarlas».
Estiré la mano y palpé la almohada
que olía a vino, a unto, humo.
Desde aquel día jamás has vuelto.
Estábamos en la edad más florida:
la de los treinta años.
Y después de otros treinta
te veo sentado frente a mí.
Suspendo el aliento,
jadeo por el tanto humo.
Se me escapa un fuerte estornudo.
«Mozo, traiga otra copa».
Hay un espejo enfrente
y me vuelvo a ver después de mucho.
Trato de darme un buen aspecto.
Me doy el tono justo.
¿Tal vez estoy un poco fané?
¿Soigné?
¡Qué va!
Si estoy como un viejo almohadón
y gorda como luchador de catch.
Siento el peso de los años,
tengo los cabellos marchitos,
lacios, ya sin vida,
estoy desdentada,
llena de pelos blancos,
hasta las uñas encarnadas
y los pies tan hinchados.
Escondo las manos torpes y manchadas,
vuelvo a ver las tuyas blancas y ligeras.
¡Tienes una argolla en el meñique!
Tal vez mi olor te hará recordar...
pero el pasado está lejos,
no cuenta nada,
no te hará recordar
sino el olor de la gente pobre.
Ahora sos buen mozo y distinguido,
sos lujoso, tenés clase
y vestís un traje de tweed o a rayas,
el último grito de la moda
y de corte perfecto.
La corbata con un nudo impecable
y en armonía con la camisa
que, de tanto pulida,
refleja la mía grasienta y descosida.
«¡Qué pinta!», dice un señor a mi lado
tirándome encima su humo podrido
y mirando a su señora
fiera,
altanera,
elegante.
... ¡Un momento!
A mí no me gusta para nada.
En los detalles de puro estilo Versace
es demasiado exagerada.
Tiene el gusto de lo demasiado,
de lo sumo.
Toda bien perfilada
en su marco dorado,
toda bien habillé
como paquete de regalo.
¿Pero aún está de moda el degagé,
el negligé?
Su presencia es tan imponente,
soberbia y arrogante,
que deja su huella en todo el local.
Ostenta sin discreción piedras preciosas.
¿Mas a bares no lo frecuentan
desgraciados y desheredados?
Hasta las reina más extravagante
a su lado parece la Madre Teresa.
¡No!
No soy envidiosa ni celosa.
es ella la cursilona
y se hace la melindrosa.
Está con la nariz respingada,
alarga el cuello a modo de cisne,
pero asemeja un cable,
una grúa de industria.
Con una mano
se desabrocha la camisa de chiffon,
con la otra se arregla el chignon
y para mostrar su escote
y el sostén color fumé,
da un pasito y toma un buñuelo.
Después con aire desfachatado y altanero grita:
«De buñuelos a champignons
se los ha comido todos esa señora»,
grita el mozo señalándome con el dedo.
Pero vos ni siquiera me mirás.
Le ponés las manos en las caderas,
le susurrás palabritas...
Siento una punzada al corazón.
Me doy vuelta hacia atrás
para no hacerme ver
y oigo la voz del «esprit de finesse»
es el mozo: «Señora, ¿se quiere dar vuelta?
¿Me quiere mirar?
¡Se fije en su vaso!
¡Está aquí sentada desde hace horas
y abarca el espacio de todo el local!
¡La gente se quiere sentar
y no consigue siquiera ver la televisión!»
Y mirando a tu señora
como un locuelo
queda inmóvil con el vaso
cual un mochuelo.
Tambaleo y estoy por caer
de la silla que baila,
pero mi atención se posa en su expresión
y la silla recobra su equilibrio.
En mi vida he captado en un hombre
-si así se le puede calificaruna
cara tan de boludo.
«¿Qué cosa va chueca?»
y continúa a mirarla
ese jabalí que está a mi lado
restregándose con cuidado el talle,
mientras me da un pisotón con una bota.
Vos le desatás la camisa de
de Armani o Valentino,
le acariciás el vientre
y ves que está esperando un hijo.
También yo acaricio el mío,
mas éste lleno está de prozac y de vino.
... Arrulla y coquetea la pituca...
Abre una increíble cartera leopardo,
ostenta una suerte de expresión en la mirada,
saca un sombrero de fanática,
se lo cala,
te mueve una nalga
y concluye la extensión hacia lo alto
de su aspiración.
Le falta tan sólo
un guante maculado en un mano
y en la otra una larga boquilla
para definirse cual verdadero maniquí.
Acaballa las piernas
y muestra un muslo.
Sus medias
son perfectamente adherentes
contra aquellas piernas torneadas.
Las mías que se han enrollado
y confundido con la celulitis,
¿quizá dónde hayan ido a parar?
Tiene las bragas a la moda
color antracita.
Las mías están descoloridas por la lavadora.
Yo también cruzo mis piernas,
pero los muslos son tan rollizos
que las rodillas aprieta el vientre
y los senos se confunden con las caderas.
De repente se da vuelta hacia mí,
me mira con aire...
¿tal vez de piedad
por mi evidente inferioridad?
¡No!
Me mira con aire de suficiencia
y es sólo una boluda
que te dice en falsete:
«Amor,
mirá a aquella vieja borracha.
¿Sentís el olorcito?
Pero vos ni siquiera la escuchás
y le ponés las manos en las caderas,
susurrándole palabras y más palabras...
Siento una enorme punzada al corazón.
¡Qué churro!
irrumpe ese idiota sentado a mi lado
aferrándose esa cosa
que tiene entre las piernas,
como si quisiera decir:
«¡Mira la cosa que tengo aquí!»
Después abre las piernas
y me hace restallar los dedos en la cara.
Vuelco el vaso sobre el diario
y la pierna vuelve a donde estaba.
Sólo ahora me doy cuenta
que llevo un zapato azul y el otro negro.
Siento gritar en coro:
«¡Cuidado con el diario!»
«¡Mozo, otra copa!»
Ya me hago pichí.
Al lado del baño y de frente a mí
debían estar con todo el espacio que hay.
Hago una fuerte contracción,
pero se activa la circulación.
¿Quizá dónde va a parar
el aire comprimido en los pulmones?
«¡Qué churrazo!,
acorta socarrón con voz gruesa
ese cabrón sentado a mi lado
y tiene el coraje
de darme un empujón.
Cambio la mesita hacia adelante,
aumenta la mala digestión
y suelto una buena porción.
El mozo hace una venia a tu señora
como un mono amaestrado.
Después se precipita hacia mí,
me mete en una mano el vaso,
empuja la mesita en contra mía
y se pone a gritar:
«¿Adónde cree andar?
¿Quiere ocupar todo el local?
Usted hace una gran pelotera.
Con todo este vino
la gente no logra a ver la tele».
Y, ácido como la leche olvidada,
dice: «¡Y qué olorcito!
¡Se vaya y no aparezca nunca más!»
Boto una ojeada
en aquel metro cuadrado de recipiente:
monos enjaulados,
papagayos amaestrados,
pavos reales,
gansos jubilosos,
patas manchadas,
gallinas maquilladas,
gallos cedrones
en busca de asentimientos y gratificaciones
de estas caras como la suya
de boludo.
Otra morada no logro imaginar
para esos terribles ejemplares.
Cierro los ojos
e imagino grabadas en la mente
sus bocas como salvavidas
y los zapatos tan puntudos
que el gato da un salto de loco
y después hace finta de nada.
Todavía me falta el aliento,
tengo un gran dolor a los huesos,
me siento con un pie en la tumba,
ya me siento en el más allá.
Es mejor irse,
no puedo estar más aquí.
«¡Mozo, la cuenta final!»
�?ste hace un gesto como diciendo:
«¿Tienes aserrín en los sesos?
¿Eres tonta?»
Después con aire sobrador:
«Hasta aquí son veinte
y para otra vez esté más atenta.
Ha ensuciado todo el diario».
¡Puerco!
Con esa señal de moribundo
que tienes entre las piernas
¡le das brillo al local!
¿Qué necesidad hay
de gritarlo a los cuatro vientos?
Si tuvieras al menos uno
¡una buena patada en las huevas
no te la quitaría nadie!
Así, justo para tener
mi pequeña satisfacción privada
y para sacarte la convicción que tienes
de ser una persona y de poseer
un sentido, un motivo tu vida.
En el caso que fueras en grado
de formular una idea, una opinión.
Para hacerte sentir
por primera vez
la sensación
que algún día te dolerá
de no haber nunca sabido
qué cosa es una erección
y un sueño la penetración.
¿Una alta prestación?
¡Una visión!
Debería tener de mí
casi la ambición
de apelarte
a mi comprensión,
a mi compasión,
casi anhelar la identificación
conmigo misma..
¿Charlatán!
Que otra vez estés más atento
a no provocar
mi irritación
y a traer descrédito
a mi reputación.
¡Sinvergüenza!
Te es preciso una sana llamada
a la moderación,
una buena inyección
de buena educación.
¡Eres tú quien está fuera de discusión!
Yo soy capaz de adaptarme
a cualquiera situación.
Pero piensa un poco:
¡no hay más religión!
Quizá mi expresión
te induzca a ponerte
un poco en discusión.
¿Tal vez cojas la ocasión?
Te haría comprender
cuál es tu verdadera inclinación,
tu verdadera predisposición,
te haría sentirte inadecuado
a cualquiera situación
hasta acarrearte la depresión
y sentir la cosa
de la cual serías digno:
¡la vergüenza!,
¡la picota!
Eso es lo tú necesitas.
¡Qué carroña!
He ahí mi bendición:
¡guarango!
Me levanto,
no logro ver nada.
He dejado los anteojos en casa.
Si son tres pesos por copa...
son veinte ¡caramba!
No logro sacar la cuenta,
pero si fueran treinta,
dejo cuarenta
y el resto para propina.
Quiero hacer buena figura.
Así me siento más segura.
«¡Señora!»,
grita el mozo con arrogancia.
«¡Sesenta!»
¡Bacalao!
¿Qué necesidad tiene de pregonar mi edad?
Litros de lavativa
se precisan para hacer callar
la única parte viva que tienes en ti.
Los hombres
no poseen la misma sensibilidad.
Se suena enseguida
abriendo el pañuelo
y admirando satisfecho
lo que ha producido,
lanza una ojeada al cojín
y me dice con tono sobrador:
«Para otra vez traiga un pañal».
Me vuelvo a sentar.
Dos enormes cuernos veo despuntar
desde esa cara de cretino.
Para mí ya no hay nada que hacer,
me siento más mal
que animal solitario y herido,
me imagino ya difunta
con los gusanos rondándome.
Se me aparece
una carroza fúnebre.
Cierro los ojos,
los cuernos se alargan
siempre más encima de ti.
La temperatura sube
formando una capa de aire pesada
y húmeda sobre mi persona.
Tengo la mente obnubilada,
los ojos empañados,
las lágrimas caen sin cesar,
se confunden con el moco y el sudor.
Debo de tener una baja de presión.
Está derribándose mi autogobierno.
Pero al momento en cual
se afloja la mandíbula,
se libera la garganta
y la cabeza se abandona
y con ésta,
como pera en compota,
la dentadura postiza,
también la postrera intención
de retener aquel esfuerzo
en calzoncillos y camiseta
con la barba,
la baba
y un ramo de flores,
entreveo en la puerta
mi bailarín de tango.
¡Sante!
Sante como una visión.
Claro que no es un conde,
tampoco es elegante.
Es grueso como elefante
y luce gracia de rinoceronte.
Siempre parece salido del fango.
Un zorrillo
es una margarita
comparado con él,
pero cuando baila el tango
es ligero como pluma
y me hace sentir una avioneta.
Al igual que Robin Hood
cuando estoy en dificultad
aparece y me salva.
Arrastrando las piernas
retrocede y avanza hacia mí
y no se comprende si va o viene.
Luego se acerca por fin,
me tira encima unos lirios
y con mirada desordenada me dice:
«los he encontrado por ahí botados».
Después enfocándome agrega:
«¿pero qué diantre te ha pasado?»
¡Pareces un bacalao,
estás llena de escamas!
Te has hinchado,
pareces embalsamada,
tienes la mirada de aparecida,
no te habrás drogado?
Estás toda desastrada».
Y me arregla la camisa.
«Tienes los hombros colgados
quizá a qué cosa.
Y aquellas mamas
que se han dislocado,
dejálas andar por su cuenta,
obedece a la ley de la gravedad,
demasiada mole tienes que sujetar.
¿Qué creés que haya encima de ti?
¡Afloja!
¡Te doy yo una mano si te quieres levantar!»
Después me da una palmada
sobre aquello que se presume
sea mi cadera
o mi trasero
y con la otra mano agarra
mi vaso y se lo toma de un sorbo.
«¿Pero qué me has dado?
¿Ajenjo?
¿Cicuta?
¡Veo todo chueco!
Este vino da asco
al igual que el local.
Me dan ganas de vomitar.
Vámonos lejos
de estas caras demacradas,
opacas, cadavéricas, apagadas.
El aburrimiento tanto se difunde por toda esta
gente,
que el ambiente se vuelve aún más insignificante.
¿No ves acaso?
Están muertas hasta las plantas.
el perro tiene los ojos ausentes,
el canarito con la cabeza agachada
ha dejado de cantar.
El gato continúa a dormir.
Hay un aire pesado,
sofocante,
¡Qué hediondez hay en esta pieza!»
Después me mira
con cara de sospecha:
«¿No serás acaso vos
la que da esta fetidez?»
Vamos de este puesto desgraciado,
Vamos a Freak
donde hay vino bueno
Eso es lo que se necesita
para levantar los ánimos.
Pocas palabras de corazón.
«¡Nadie me quiere
y vos entre tantos!
¿Por qué?»
«�?l me responde
con tono de hombre justo:
«todos me preguntan sobre ti:
Presidiario, Tosco, Drogado, Pegote, Archivisto,
Desahuciado,
Repetido, Recogido, Pánico, Rechazado, Marcado,
Barato, Amontonado, Desmayado, Adormilado,
Resumida, Retirada, Avanzada,
Olvidada, Desgracia,
Desgracia, Desgracia,
Desgracia, Desgracia,
Desgracia,
Desgracia,
Desgracia...»
Y sigue como letanía,
pero mi carne estila
y mi mente vuela,
escapa:
como si fuera director de orquesta quiero
levantarme,
pero tropiezo, hago caer tu señora sobre el mozo
y también sobre el señor sentado a mi lado.
Después subo a una tarima
y con el fusil apuntándote
disparo con odio:
«¡Andate a la mierda!
¡Boludo!»
Por fin escapa
ese grito sofocado en la garganta.
Se apaga sola la televisión.
Todos salen en silencio del local.
Hemos quedado yo,
Sante y los animales.
Una calma increíble me asalta.
Me siento suspendida
En una armonía universal.
De lejos llega el sonido
de un bandoneón y de un violín.
Levanta la cabeza el canarito
y se pone a lanzar sus trinos.
Las plantas vuelven a respirar.
De repente nace una flor.
El gato brinca sobre un sillón.
El perro lo acorrala.
Tomo el mango de un bastón.
Acaba el pánico y la tensión.
Siento una pasión
que me vuelve ajena.
Nada que ver con el más allá.
¡Yo soy
y estoy propiamente aquí!
Siento el sentido
y la implicación total
de mi persona
al servicio de la excedencia
y de la provocación
que me ofrece mil posibilidades,
pero sobre todo pronta no sé a qué.
Todo se vuelve más puro,
más claro,
más lógico.
Y por fin se van
esa terrible tensión
y la última imagen que tengo de ti
con ese modo que tiene de rey fingido.
Sante más bien se transforma
en el Enrique V de la situación
y una luz intensa
lo ilumina por detrás
coronándolo con una suerte de aura.
Emana el orden orgánico
el orgón.
Me lanza quintales de átomos,
de electrones..
¡Sante!
Ese niño insignificante,
ese viejo tan hediondo
se vuelve el «beau ideal» de mis visiones.
Tiene la cara de misionario,
de santón.
San Francisco es un santito
en una estampa suelta,
comparado con él.
Viste traje de noche.
Tiene las pestañas muy cuidadas,
una mirada ontológica,
una mirada con firma de autor.
¿Qué cosa es si no misericordia,
compasión,
bondad,
lo que le hace brillar así los ojos?
Siento dentro de mí un estremecimiento
igual a un temporal.
Se abre la puerta de mi corazón.
¡Qué sensación!
¡Qué sacudón!
¡Qué situación!
¡Qué agitación!
¡Qué emoción!...
Si no es amor
¿qué puede ser?
¿Quién soy yo?
¿Y quién es él?
Me parece que muero de la impresión,
debo cambiar posición.
Con fuerza fuera de la normal
planto en el suelo el bastón.
Cae la televisión.
Sante luce un divino aspecto
de hechicero
y, haciéndome una seña,
con lindos modales
al estilo de un principito,
me mira,
me hace una venia elegante
y al mismo tiempo natural.
Me dice sólo dos palabras
con la mano en el corazón:
«¿Quieres bailar?»
Lo miro
penetrando en su mirada.
La suya me va siempre abajo,
me parece de no resistirla,
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de no poder más,
pero después la levanto sin reacción.
Quedo aniquilada,
petrificada
Y me pongo a pensar:
«¿Si se tratara
de su problema orgánico
relativo a las feromonas?
¡Veo desplegado frente a mí
todo el libreto!
Sante que siempre ha dicho
que la pareja, la unión,
derrota todo intento de revelación,
que la pareja es una idea de Platón
sobre la religión.
Sante que es el prototipo del fragmento,
que está continuamente
bajo el signo de la transfiguración.
¡Tocado como es»
Que jamás recuerda nada.
Es capaz que dentro de un instante
tenga otra mirada,
otra intención.
¡Sante!
que está siempre improvisando,
que cambia mujer y opinión
en continuación,
armando un gran enredo.
Veo la guerra
perdida desde la partida.
¡Pero fijáte un poco
si es el mismo Sante
el único amigo que tengo
quien me debe crear preocupación!
Sante es uno
con el cual debes caminar distancia
como Sancho Panza.
Veo ya quebrazón,
abatimiento,
desesperación,
pérdida de nuestra amistad
y de la recíproca comprensión.
No sé cuáles sean,
pero veo delante de mí
otros proyectos,
otras intenciones.
Se ha hecho tarde ¡y qué hago aquí!
Los gatos deben comer,
las plantas deben beber,
el café moka no espera sino a mí
para ofrecerme su tan especial café.
Siento un borbollón de mantra.
Debo salir,
irme de aquí,
andar donde ella,
ir afuera.
Siento ya su olor
y el perfume de mis flores.
No veo la hora de estar
en mi jardín
hacerme una buena pitada al sol,
mirar la gente pasar.
Gozarme lo mejor de mí.
Sante con la misma mirada
aún está inmóvil frente a mí:
«¿Quieres bailar?»
Cae por tierra el bastón.
De la panza me llega un empujón.
Me siento como Juana de Arco,
el Lanciloto de la situación,
un piloto en su timón.
Debo cambiar dirección,
¡aquí hay demasiada dispersión!
Me levanto
con gran precisión y valentía.
Me olvido del bastón.
Clavo en tierra los pies a martillo
con las piernas perfectamente
perpendiculares al suelo.
La cabeza cual una cúspide
se yergue hacia el cielo.
Como un látigo
levanto el brazo afilado
y con la mano cual concha,
altanera como mujer voluntariosa
lo saludo diciéndole
que me marcho.
¡Qué liberación!
Detrás de mí se siente
un vozarrón de mujer.
Es aquel de la imagen
de la Virgen.
Me doy vuelta.
Ella me escruta
entre las cejas:
«¡Muy bien, es así como se hace!
Lo sé,
no se puede vivir
tan sólo de pan y vino,
pero tampoco
confiar en la imaginación
como un cretino.
Dos filmes diferentes,
espíritu y cuerpo,
alma y hormonas,
también se confunden siempre,
crean una gran confusión.
¡Ir adelante!
¡Volar bajo1
¡Tener siempre los pies por tierra!
¡Mejor sobrevolar!
Mira los patos y las gallinas
como están contentas.
No estoy segura,
pero creo
que ni siquiera sabemos
que signifique hacer el amor.
No confiarse jamás
de lo que parece demasiado bueno.
Patrañas,
burbujas,
feromonas,
¡especialmente si hombre1
El hombre arma tanto ruido
según sus dimensiones
al igual que aldabones contra portones.
Golpea aquí y allá
quien está, está.
Y la mirada se fija
en lo que dicen en ese momento.
Pero dura pocos instantes.
Después todo desvanece con el viento.
Y van así de prisa
porque de inmediato hay otra por delante
que si no estás atenta
¡se puede quedar!»
La miro como dice:
«¿pero cómo?
¡a mi edad!»
Ella me responde con su vozarrón:
«No tiene mucha importancia.
Yo he quedado en seco
con uno que ni siquiera
lo ha probado con la intención.
¿Cómo lo habrá hecho?
¡Beh!
¡Andate a la casa, andate!»
Y mirándome fijamente
en la cabeza, dice:
«Después de todo hacés bien,
de un poco de abstinencia
siempre me he abstenido
y ya ves ¡estoy aquí!
¡Muy bien!
Es así como Replica mulberry handbags se debe hacer».
Sante con lagrimones en acecho,
está inmóvil frente a mí.
Me doy vuelta,
estoy por salir,
pero siento su aliento sobre el cuello,
después un susurro:
«Vos sin mí no tienes amigos,
yo, sin ti, no soy nadie».
Yo miro a la Virgen:
«¿y yo quien soy sin nadie que me ame?»
Su boca
se vuelve un culo de poto de gallina.
Cierra los ojos,
baja las orejas
y se relaja.
«¡Oh no!
¡Esta no se traga!»
Sante se acerca:
«¿Bailemos?»
Yo por fin me abandono.
�?l me abraza,
me envuelve como ola
y comienza a guiarme despacito.
Después me dice con dulzura:
«No te quedés demasiado distante».
Pero luego acelera como el viento
y silabea lentamente:
«Es-tás fue-ra de tiem-po, ton-ta!
¡Les hommes!
¡ Más se cambian y más son la misma

 
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