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¡Es del tiempo del kinder que te cortejo!
Te he seguido,
perseguido,
te he buscado por todas partes.
Estetistas, peluqueros, quirománticos
y para distraerme
¡cuántos tangos,
aikido y amantes!
¡Y cuánta plata
para vestirme y maquillarme!
Te habías cogido mi mente
tan cabalmente
y era tan distraída y tonta
que con aquellos tacos tropezaba
y caía en cualquier puesto.
Mas para ti yo parecía transparente
y yo te he visto siempre solo y de perfil.
Así volvía a casa
y me preparaba una taza de té.
Después no he visto más por la ciudad.
Afeada y resignada
he tanto envejecido
que ya no me reconocía.
Ahora está
con un melón en la mano.
Te veo sentado enfrente
con un kimono negro
reflejado por la luz de una vela
contra el diván.
Creo morir de la impresión.
Apoyo el melón.
Cojo despacito una manzana.
Me invade una llamarada.
¡Qué sometimiento!
Me tiende incluso una mano:
«¿Cómo has logrado entrar aquí
y dónde estabas que ya no te veía?»
«¡Ahora estoy en la tumba!»,
me has respondido con un vozarrón
que parecía salido de un hombronazo.
Entro en incandescencia
y trato de calmar la agitación.
Te enciendo un cirio:
«Podría abrazarte
¡si tu existieses en carne y hueso!»
«Pero ¿cómo figurarse tal cosa?»
A decir verdad
no me gustas demasiado.
Tienes la frente tan amplia
y una cara tan austera,
que te enciendo otro cirio:
«¿Al menos dime
qué cosa hay más allá
que para saberlo acá
ya no podemos más?»
«¡Ah!»
De tu boca
ha salido como un trueno:
«¡Faltaría
que lo dijeras a los cuatro vientos!»
«Pero yo no digo nada».
He dicho yo cabizbajo,
humildemente.
«¡Una mujer que no miente!
¡Esto sí que es un hallazgo!»
Y has soltado una carcajada.
Entonces he confirmado
levantando la cabeza:
«Pero yo sólo quería saber si...»
Tú levantaste un brazo
y me dijiste con ademán atrevido:
«¡Deja estar!
¡no es cosa para ti!
Con la cabeza que tienes
no lo comprenderás nunca,
¡ni siquiera cuando me alcances!»
Habría querido darte un empujón
y botarte en tu barranco,
pero tú hiciste
una suerte de sonrisita
tan intenso,
tan denso,
que, en cambio, te hice una venia.
Llueve.
Se siente solamente ruido
y el del agua que hierve en el hornillo.
El olor en la pieza
es de rosas o de violetas.
Mis ojos se fijan
en los brotes de cebollas
reflejados por una gran ampolla.
Me veo dentro pequeñita
como si fuera niñita.
Te pregunto con una vocecita:
«¿No te sientes triste ahí abajo?»
Has ladeado la cabeza
y te has dado vuelta.
Por media hora
no has pronunciado siquiera una palabra.
«¿Y entonces?»
Me ha salido de la garganta:
«Va más allá, va,
que quiero mirarte
mientras me preparas el té».
Cuando lo haces te sumes tanto
que tienes la gracia de una monja
y parece que no terminas nunca.
Eres más linda que tu nuera».
Y tocándote el cinturón:
«Estás volviéndote intrigante, ¿sabes?
Comienzas a comprender,
a tener buen sentido y la justa medida.
Pero te quiero más sosegada
en la comodita.
Te he puesto la corona del rosario,
tal vez de vez en cuando vas a misa.
Y si quieres inclinarte
debes juntar las manos
y arrodillarte.
Cuando habrás afinado
y perfeccionado todo esto,
¡serás mi consorte!».
Me acerco.
Apoyo las rodillas sobre el cojín.
Pongo la bandeja sobre la mesita.
Arreglo muy bien la cucharita
en el platito
y con una servilleta blanca
bordada a mano
la restrego despacio en la tacita.
Luego te hago una tan profunda inclinación
que con el mentón y las yemas de los dedos
alcanzo hasta el suelo.
Te tocas el mentón,
luego con los dedos
te acaricias la barba en punta
y prosigues con un ritmo muy lento:
«También si tienes las piernas cortas y torcidas».
Te vuelves impertinente,
pero hago de cuenta
que nada has dicho.
Me levanto,
me apoyo en la manilla de la puerta
y te digo con aire muy absorto:
«¡Pero yo tengo miedo de la muerte!»
Tú primero miras el despertador,
después mi canilla:
«¡Qué mosca muerta!
¡Qué corta de alcances!
Estás más aquí que más allá
¡y no te has dado cuenta!
Verás
que, cuando estarás completamente aquí,
no pensarás más».
«Entonces,
¡viva la muerte y viva el cementerio!»
Y he largado una sonrisita tan tontita
que para remediar
he prendido otro cirio.
Fijo como estatua
con una sonrisita estirada
continúas con: aire algo fatuo:
«¡Y habrán acabado todos tus enjuagues!»
Con toda esa bisutería
pareces un banquillo para jugar lotería.
¡Una hechicera
con el rouge sobre la dentadura postiza
y la faja sobre la jarretera!
¡Una verdadera bruja!
Has llegado hasta aquí
sin haber comprendido una pizca.
¿Pero qué cosa tienes en lugar de la mente?»
No logro más a mirarte en los ojos.
Me siento temblar como conejo,
busco con las manos un sostén
y con los ojos un escondite.
Pero tú no pestañeas
y tienes el porte dirigido al cielo
como cruz en lo alto de una iglesia.
Abro la bolsita del té
y apago el hornillo.
Tú me fijas la mirada por media hora.
«¿Estás esperando a que yo profiera una palabra?»
Mas tú continuaste
con un tono tan seguro como duro:
«Cuando hayas terminado de servir el té
puedes venir conmigo».
Y como he puesto la bolsita
dentro de la tetera
me has retado
como si fuese una escolar:
«¡Y bajáte la falda
que me pareces una puta!»

 

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