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Home >  Letras de Tango Espanol (Lunfardo) >  La hoja de higuera

Una enorme papa hirviendo va y viene
entre pasado y futuro.
Del presente
¡nada!
Y no pierde tiempo.
Mientras se salva por un pelo,
me mira y me hace una guiñada
como si para sobrevivir
tuviese necesidad de mí,
como si fuese parte
de un misterioso artilugio,
como si fuese indispensable
para su incomprensible designio,
como si fuese su blanco
o su carga explosiva.
Después imprevisibles,
desordenadas,
presuntuosas y desprejuiciadas
surgen a raudales las otras de donde se quiera
y con una rápida mirada,
como si quisieran hacerme el mal de ojo
gritan:
«¡Venimos desde lejos!»
Todas, todas me invaden la mente,
me hacen hervir la sangre
y me colman de calambres.
No hay ritmo,
no hay tiempo.
Sólo una extraña melodía disonante.
Así comienza el terror,
el desagrado,
¡el espanto!
¡Es el ocaso!
Al ocaso me siento
contraído y parchado
como viejo cartucho
arrugado y mojado,
que hasta la basura olvida.
¡Mi mujer me falta!
Yo sin ella tengo mucho miedo.
Desde tanto que ella no está
y por eso vivo solo en el parque
en espera que el hielo
me lleve dondequiera.
Ya no puedo más
en esta horrible lejanía
e interminable agonía.
Así, mientras una higuera me mira
y tal vez se ría de mí
porque entre mis piernas
escurre por su cuenta la orina
y que en vez de describir
una parábola hacia arriba,
obedece a la fuerza de gravedad,
comienzo a caminar
como un mojón seco
batido por el viento de aquí para allá
como un boludo en poder de quizá quién.
Y con la mirada firme en el vacío
porque durante el día
he bebido todo lo que he encontrado,
suspendido y en equilibrio
entre el reblandecido y el resabido,
comienzo:
¿quién soy yo?
¿de dónde vengo?
¿De un eructo?
¿De un estornudo?
¿Del vómito?
¿De un escupitajo?
¿De un barril o de una viña?
¿De una botella o de un embudo?
Y ella ¿dónde está?
La respiración se vuelve corta
y se queda sin oxígeno
eso que tengo por cuerpo.
Pero todo eso no dura sino el tiempo
en el cual el sol toca el horizonte
y después desaparece por completo.
¡Yo no estoy para nocturnos
viajes adelante y atrás!
¡No soy como el maricón de Amleto!
En zapatillas,
delantal y bata,
mientras amasa la pasta,
de la higuera cae una hoja
con la cara sonriente de mi mujer,
con una mirada que perfora,
que agujerea
y que se parece tanto a mi nuera.
Despacito y en silencio ella se acerca.
Me tiende una mano.
Luego de improviso se cambia el vestido:
tacones aguja,
minifalda y jarretera.
Baila sola el tango
y después como relámpago me salta encima,
me envuelve con un gancho
y con sus ventosas tan adherentes
se coloca en un preciso punto
más que dos dedos bajo el ombligo.
Ella no pierde tiempo
con su larga lengua de serpiente
y áspera como de gato.
Me la pasa cual pincel
o un escalpelo
de Miguel Ángel
o de Rafael.
Se escurre en las venas como una pera.
No deja perder nada.
Me parece que enloquezco
y me enderezo como una modelo.
Al igual que el viento
en un momento
hace desaparecer todas aquellas otras impedidas
que se hacen las sofisticadas
y que tal vez no son ni siquiera papas.
Con ella termina todo ese abatimiento,
toda esa confusión.
La agitación se transforma
en una indescriptible emoción,
en una incontenible excitación.
El corazón late al máximo,
la saliva escurre dentro
y yo me enciendo como por encanto
de frente al firmamento.
Pensándolo bien
no creo que ella sea mi mujer.
Apenas me veía en el umbral
con las cejas fruncidas
y las mandíbulas apretadas,
hacía una alharaca.
Ha comenzado desde el primer dolor.
Después se le acababan las ganas.
Si me acercaba era todo un bostezo
y si sucedía algo
para ella era una suerte de rebuzno.
A decir la verdad en este momento
no recuerdo siquiera
donde hayan acabado sus despojos
y no recuerdo nada del pésame.
Además no sabe bailar
y ni siquiera sabe
cosa sea ese tipo de ropa.
Esa debe ser la mujer de la higuera.
Ella viene y después se va
antes que despierte su marido.
Pero cada vez algo de ella
se fija en mí como si fueran raíces
y sube la linfa hasta las narices.
Así mientras miro aquel único caqui
que sobreviviera al hielo,
sobre aquel árbol ahí al lado,
tan jocundo,
tan rubicundo,
tan pleno,
tan rubio,
en la esperanza que una ráfaga de viento
no lo haga caer sobre mi cabeza
porque es mi cómplice y único amigo.
Me siento enteramente satisfecho
hasta mañana a la puesta del sol.
Después me adormezco,
pero antes pienso:
«¡Para perder el pellejo siempre estoy a tiempo!»

 

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