- Prefacio
- el amor de nuevo
- Don Ciro
- My foso
- Feliz Navidad, Pasqual !
- El tìo Pascual
- a mi vieja que se fue
- La hoja de iguera
- El debut
- Mi mamà Loka
- Mi perro
- La vigilia de Navidad de Gino
Letras de Tango de Ivana Brigliadori es una obra que impacta, asombra, conmueve y escandaliza, que se lee como un cuento y se esccucha como música, poesía, canción: todo este “conjunto” se da por humores y sugerencias de una inspiración (es de pensar) arrolladora,embriagadora como el vino que escurre en estas páginas y que acaba por emborrachar hasta el mismo lector. Vale la pena leer en voz alta estos versos - y más de una vez- para coger el ritmo que los presupone (rimas, tiempo sincopado que de alguna manera los mancomuna con el tango, bruscas interrupciones, altos y bajos), para participar en el vuelo que emprenden las palabras
cuando todo gira alrededor merced al vino fuerte, a las emociones que no se contienen más, a la rabia o a la desilusión, a la nostalgia y al deseo de vivir la vida así como es: bella y fea a la vez.
Sin embargo, la muerte aletea sobre la existencia de estos personajes (héroes torpes y
desgraciados, “viejos borrachines” o niños desafortunados, viandantes ilusos o enamorados),
“el más allá” está de hecho siempre en acecho dentro de la versificación de Ivana Brigliadori,
subrayando la verdadera “miseria”, o sea, el hecho que la vida está destinada (para todos,
propiamente para todos) a terminar sin remedio posible y en tal sentido su poesía roza el tiempo de la tragedia. El tango, en todo esto, es protagonista indiscutido, metáfora del vuelo (del sueño)y a veces es incluso salvación para quien aún tiene la fuerza de imaginar como sería hermoso el mundo si todos pudiesen bailar:
[...]
Esta noche es su cumpleaños.
Por eso tengo la corbata limpia
y con todas moneditas
en he ido recogiendo en mis platitos.
Le regalo el début
antes que desaparezca del todo:
zapatos con un lindo tacón,
una falda con un lindo corte,
los mejores bailarines de tango,
y tanto vino para todos.
Cuando le veré bailar
creo que me volveré loco.
(El debut)
La bailarina de estos versos es sujeto casi cierto de la cita de un hombre solo y cansado (“Y es justo el momento en el cual / me parece reventar / y de no poder más / que, como por encanto / llega Liú, mi amiga de infancia. / No es seguro que venga todas las noches”, [El debut] que a un parque, imaginamos, ha vuelto su casa (“En el mismo instante en el cual el sol se pone, este enorme parque/ me parece el firmamento y yo me siento como mosca / en invierno de agonía / batida de aquí para allá por el viento” y que en el tango entrevé su rescate, por fin, un “Viento /que levanta las hojas muertas”, [La Bailarina]. Si el tango es la vida en esta “silloge” (entendida
como sueño, audacia, deseo y locura), la muerte, viceversa, está en todo eso que, inanimado y
presuntuoso, persevera en el espejismo de creerse mejor:
[...]
Salgamos
de estos rostros demacrados,
opacos,
cadavéricos,
apagados.
El aburrimiento es tan difuso
por toda esta gente
y en todo su ambiente
que lo vuelve todavía más insignificante
¿No ves?
Han muerto también las plantas.
(De nuevo el amor)
Estos pocos versos extraídos De nuevo el amor sólo son un breve instante de aquello que en realidad es un verdadero cuento poético, una piéce que merecería una colocación teatral para ser captados plenamente en la sucesión de palabras inundantes, amalgamadas entre ellas por una mixtura de amor y rabia que resulta asaz difícil de explicar, pero que se siente latir al paso del Yo lírico y en cada desacralizada expresión. La escena madre de esta composición reside en el encuentro, desafortunado, entre una mujer que el tiempo ha marchitado (“De frente a un espejo / me vuelvo a ver después de tanto tiempo. / Trato de aparecer bien. / Me doy un tono justo / ... ¿Tal vez estoy un poco agé? / ¿Soigné? / ¡Qué va! / Soy como un viejo almohadón / estoy gorda como luchador de catch”, De nuevo el amor). Esta suerte de prototipo de la superficialidad mundana y rampante es un verdadero y propio insulto, sea a la fantasía, sea a la realidad, y es por esto que el
lector no puede sino identificarse econ “la vieja borracha” (“Me mira con aire de suficiencia / es propio una getona / que te dice en falsete: / ¡Amor! / ¡Mira aquella vieja borracha! / ¡Y siente que olor!” / Pero tú / ni siquiera me escuchas / le metes las manos en las caderas / y le susurras siempre palabras palabras.. / Siento una enorme punzada al corazón”, De nuevo el amor), que de
verdadera heroína desmonta el “maniquí” con versos tajantes, con la ironía y el sarcassmo de
quien ha tenido cierto (por lo menos) el don de la imaginación. Esto y mucho otro es la poesía de Ivana Brigliadori, autora que ha entonces el talento de reconocer la belleza más allá de las apariencias y la ironía para burlarse incluso de la muerte:
[...]
“¡Pero yo tengo miedo de la muerte!”
Tu primero miras el despertador
después mis canillas:
Qué gata muerta!
¡Qué torpe!
¡Estás más de aquí que de allá
y no te has dado cuenta!
Verás
que cuando estarás completamente acá
¡no lo pensarás más!”
Entonces
viva la muerte y viva el cementerio!
[...]
(Don Ciro)
Marina Paola Sambusseti